viernes, 16 de marzo de 2012

Voy a romper las ventanas...para que lluevan cristales...

La primera vez que pasó lloré.
Lloré muchísimo.
Durante horas...y horas...
No por el dolor que me sacudía punzantemente, sino por el miedo.
El miedo y la angustia.
Llegué a mi casa después de correr por las calles oscuras durante toda la noche.
El silencio era perturbador y solo se rompía de vez en cuando con algún ronquido fortuito que me hacía sentir recogida.
Estaba a salvo.
Esa frase se repetía en mi cabeza una y otra vez.
Estás a salvo.
Encendí la luz de mi cuarto y cerré la puerta tras de mi con sumo cuidado para no alterar la noche.
Entonces comencé a quitarme la ropa frente al espejo.
Uno...dos...tres...once.
Once moratones.
En el mentón, sobre la ceja (un golpe herrado), en el costado, los dedos marcados sobre mi garganta, y algunos más repartidos por el estómago y la espalda.
Me senté en la cama, observándome.
Y lloré.
Lloré hasta quedarme sin una sola lágrima en el alma.
Sonó el teléfono. Era él.
Y tonta de mi...que lo cogí y le perdoné.
Cuantas veces después de esa mentí sobre mi torpeza para evitar las preguntas sobre mis crecientes magulladuras.


Memorias de Marta II


"Por suerte o por desgracia esa noche follamos, y se me vino abajo el mito del amor"

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